¡Agua va!

La que nos hace la boca. La que lleva el molino. La corriente. La que no hemos de beber. La más clara. La que no llegó al río. La de mayo. La de borrajas. La que no embriaga. La de ahogarse. La que nos estropea la fiesta y el vino. La que cala. La de febrero y la bendita. La que está por medio y entre dos. La que dejamos correr. La oxigenada y que no da un palo. La subterránea. La que se forma en el vaso. La que tenemos al cuello. La de colonia. La que abastece o destroza. Y la que con una gota, hace feliz a los peces.

Matemos la sed entonces en cantidades breves de chubascos. Tragos cortos de calima. Sorbos diminutos de presión. Enjuagues de escarcha. Buches de tormenta. Chupadas de arcoíris. Porciones de aire saturado. Cupos de ventisca. Dosis de sequía. Ingestión de brisas marinas, lenguaradas de sol y chorros, chorros de estabilidad. Bebamos así y poco a poco la vida, pues sólo el agua es segura, cuando hay cerco de luna.

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