El papel de sus vidas 

Se cruzaron. Sus palabras escritas con sus ojos. Él salía y ella entraba. Y esperaron. En un rincón de la casa, en un coche de cinco puertas, en una esquina de la calle de un barrio deshabitado, en el estante del salón de paredes blancas, en un camino soleado donde el río dejaba reflejos a unos árboles jóvenes. Sobre la mesa de la cocina y el pollo asado. En la hamaca del jardín con riego automático, en la parada del autobús rojo de la única calle sin número del barrio viejo, en el apeadero de la estación que siempre llovía. En el banco del parque, el que estaba junto a la fuente de agua mansa y el roble marchito en verano rodeado de niños que volaban como pajaritos y comían palomitas.

Y esperaron. A conocerse mejor. Una página más, o dos o tres. Y se entendieron mejor y tanto que terminaron leyéndose. Y se casaron, ¡o no! En algún capítulo. Devorándose. Admirándose. Comprendiéndose. Amándose. Escuchándose. Odiándose en algunas citas. Hoja tras hoja. Capítulo tras capítulo. En cada espacio, en cada coma, en cada punto y seguido, en cada tilde. En su libro infinito y sin fin se abrían y se cerraban; a ratos, a trozos. Dormitando y comiendo entre líneas y párrafos. Susurrando y cogiendo aliento en los pros y en los contras, sudando en las conjunciones, enfermando en las diéresis.

Ambos se ilustraron: marcando esquinas y arrancando momentos, subrayando instantes, dibujando niños, casas, dinero y viajes. Páginas de sueños y pesadillas y símbolos misteriosos con signos y letras del piso y del coche. Y se envolvieron en las guardas de un mundo de papel, de facturas de AMOR y cartas de luz y gas. E hipotecaron todas y cada una de las palabras de su vida y pagaron al mes y al trimestre sus aventuras de amor y diálogos y deseos y sexo y desamor y discordias y reflexiones y nacimientos y decisiones y muertes.

Fue aquí, al final. Cuando ya se habían leído lo suficiente y las palabras se acariciaban y besaban entre las páginas. Fue aquí, al final, cuando hicieron cuentas; desde la primera letra del título hasta el final de los agradecimientos. Y se dedicaron el libro. Y esperaron. Otra vez. Jugando a cruzarse. A entrar ella y salir él. Y al fin, quedarse y leerse para amarse.

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