Publicado en Camino-relatos de Santiago

Soñar o morir

Uno sueña tanto, tantísimo, que ya no sabe si está desmiendo o durpierto. De estar durpierto estaría soñando despierto y de estar desmiendo sencillamente sería como vivir durmiendo.

Uno sueña tanto, tantísimo, que ya no sabe si es la cama la que nos cubre y arropa y se hunde profundamente con nuestro cuerpo, envolviéndonos en una vida de ensueños. Uno ya no sabe si es la almohada la que se restriega sobre nuestros ojos y bosteza al contacto de nuestra piel para que así el sueño que duerme no se deshaga y siga soñando que es real y está despierto.

Y uno quiere soñar, seguir soñando y realizarse aunque sea sin dormir, pero termina sin sueño aunque durmiendo y muriendo sin soñar. Y cree que sueña que no duerme para seguir despierto, pero el sueño aburrido de no vivir, se duerme.

Y un leve ruido basta, basta para despertar al sueño que se levanta junto con las sábanas, abre la ventana, se airea y se acaba yendo. Y nos descubrimos sentados desmiendos o durpiertos, quién sabe a estas alturas del sueño, pero nos quedamos angustiados viendo marchar y sin realizar los sueños. Sin saber acaso si volverán si seguimos durmiendo. Soñando sin dormir, viviendo sin soñar o sin soñar y sin vivir.

Y solo, solo hay que cerrar la ventana con los ojos abiertos, sabiendo que el sueño que ya ha dormido no se escapa, que está despierto. Y si uno se muere igual; soñar es vivir, lo otro es no soñar y encima dejarnos morir.

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La casa azul

Antes de ver la casa azul, un puente cromático de siete colores me pasó por encima. Después el horizonte marcó en mi retina una línea perfecta y anaranjada. Incluso me crucé con varios peregrinos de sonrisa remolacha y algunos lugareños que hablaban en marfil me desearon un camino rosáceo.

No era de extrañar, la tierra arenosa y ocre combinaba a la perfección con los eucaliptos casi plateados que sobresalían entre los robles carvallo, las hortensias y el trigo: de un verde intenso primavera, azul pizarra y oro pastel, en ese orden.

El sol aquí es tan azafranado que le da gusto al cielo y la lluvia no es una escala aburrida de grises; más bien es un orvallo de blanco floral. Los bosques eróticos y los atajos esperanzadores. La sorpresa hay que vadearla, es caudalosa y arrastra una corriente de luminosidad aguamarina y una nitidez que asemeja al cielo profundo, enseguida descubres que son ríos. Yo quería perderme en aquel lugar pero fue imposible no seguir el trazado marcado por las señales y símbolos: flechas, hitos y conchas como soles de amarillas.

Y después vi la casa azul real y a sus habitantes de corazón añil y dueños de su vida azulada. Seguí mi camino entonces dejando mis huellas incoloras de rastro polvoriento sobre el camino tostado; a veces entre pedruscos negros y otras veces entre cantos blancos.

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Espacios de tiempo

Caminity

Los pasos son tus días, dices.

Los minutos te andan hacia dentro, exclamas.

Las horas hacia fuera, estudias.

Te mueve el tiempo, oyes.

Siempre es ahora, susurras.

Pero ayer pasó ¡ves!

Las horas no se quedan, lloras.

Y mañana no es tiempo todavía, sueñas.

Ahora es esto, callas.

Y habrá más que será aquello, quieres.

Pero eso son espacios de tiempo que serán, esperas.

O que fueron, recuerdas.

Que contarán o restarán, sabes.

Pero que no son, entiendes.

Ni están, anhelas.

Pues ya han sido, piensas.

O serán, deseas.

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Publicado en Camino-relatos de Santiago, Etapas

Soñar o morir

Uno sueña tanto, tantísimo, que ya no sabe si está desmiendo o durpierto. De estar durpierto estaría soñando despierto y de estar desmiendo sencillamente sería como vivir durmiendo.

Uno sueña tanto, tantísimo, que ya no sabe si es la cama la que nos cubre y arropa y se hunde profundamente con nuestro cuerpo, envolviéndonos en una vida de ensueños. Uno ya no sabe si es la almohada la que se restriega sobre nuestros ojos y bosteza al contacto de nuestra piel para que así el sueño que duerme no se deshaga y siga soñando que es real y está despierto.

Y uno quiere soñar, seguir soñando y realizarse aunque sea sin dormir, pero termina sin sueño aunque durmiendo y muriendo sin soñar. Y cree que sueña que no duerme para seguir despierto, pero el sueño aburrido de no vivir, se duerme.

Y un leve ruido basta, basta para despertar al sueño que se levanta junto con las sábanas, abre la ventana, se airea y se acaba yendo. Y nos descubrimos sentados desmiendos o durpiertos, quién sabe a estas alturas del sueño, pero nos quedamos angustiados viendo marchar y sin realizar los sueños. Sin saber acaso si volverán si seguimos durmiendo. Soñando sin dormir, viviendo sin soñar o sin soñar y sin vivir.

Y solo, solo hay que cerrar la ventana con los ojos abiertos, sabiendo que el sueño que ya ha dormido no se escapa, que está despierto. Y si uno se muere igual; soñar es vivir, lo otro es no soñar y encima dejarnos morir.

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¿Qué es el verantoño?

Estar en otoño pero ser en verano

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No se cuentan con los dedos

Esos seres que aparentemente vagan por el futuro pero que en realidad tienen muy claro su rumbo presente.

Esos seres que por unos días llevan pocas pertenencias porque saben que más no son necesarias.

Esos seres que no nos conocen pero viajan a nuestro lado. Que no se acuerdan de nuestro nombre pero recuerdan nuestra cara. Que aun sin tener sed nos ofrecen agua. Que no saben de donde venimos pero sí hacia dónde vamos.

Esos seres son personas del mundo, ciudadanos del universo, peregrinos de todos los caminos. Surgen tras los árboles, bajo las piedras, en los arroyos, en los albergues, en una fuente. Kilómetro arriba kilómetro abajo hay uno de ellos. En bici, a pie o a caballo. Un peregrino nos espera, nos busca, nos envía un mensaje, nos escucha, se preocupa por nosotros, nos motiva, nos alienta y se sonríe cuando nos ve.

Y es que durante algunos días el camino es nuestra casa, es nuestro hogar. El salón pasa a ser un paraje repleto de vides, un río es la bañera, el sofá un banco junto a un arroyo, la cocina una manta con viandas bajo el sol y la noche estrellada. Una de las sillas es una piedra, otra el bordillo de una acera y de almohada una palleira o hacina.

Y esos seres extraordinarios que transitan cargados de generosidad y que se reconocen a una legua, esos seres son nuestra familia del camino. Un pelotón de amig@s, de peregrinos por siempre jamás. Y esos, esos no se cuentan con los dedos de una mano, se cuentan con los dedos de los pies; para que no nos sobren dedos sino para que nos falten pies.

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En el lugar más alto

Hay miles de piedras en el camino, pero esa piedra pequeña y blanca que guardé en un lugar especial de mi mochila, ya llevaba grabado aunque yo no lo sabía, lo que hace tan solo unos días escribí sobre ella.

Del mismo modo que se cruza un gato y la muerte. Así se cruzó conmigo la piedra. ¡Será para eso para lo que están las piedras! Para tropezarnos con un instante, o acaso el azar es torpe. Avance entonces muy rápido hasta el fui, pero allí yo ya no estaba, no quedaba nada salvo recuerdos. Y es que una cosa es el camino y otra muy distinta nuestro camino, mí camino. Como el gato y la muerte que sin tener nada que ver se terminan cruzando en algún punto.

Hoy, después de jornadas de calor y esfuerzo la piedra ha llegado, ha recorrido su camino. Y es que alguien a quien admiro y quiero, la ha depositado en el lugar exacto que le he indicado; a los pies de lo que antaño dicen fue un altar romano dedicado al “Dios de los Caminos”, para protegernos, la emblemática Cruz de Ferro en el Camino de Santiago.

Ahora está en el lugar más alto mamá, a 1504 metros de altitud, por si haces como yo y retrocedes, por si vas hasta el fui, aunque sea para tropezar con ese instante, para que puedas verla.

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107 hasta “Pie de página”

Si un paso puede cambiar un camino, una palabra puede modificar una historia.

Me atrevo a saltar sobre la hoja en blanco, el papel soporta mi peso. Recorro el ancho por el alto. Paseo entre futuros bosques foliados y paisajes milimétricos de 210 x 217. Recortes de pasión que sobrevuelan el entorno. En una esquina los ríos se desbordan por los finos márgenes y en otra, las cordilleras se pliegan con tanto arte que se convierten en montañas de papiroflexia. Me detengo a observar esa nitidez del horizonte en DIN-A4, en la perspectiva del teclado de las ilusiones.

Se oculta el sol, amanece en otra página. La hoja de ruta es la clave del camino. Continúo mi marcha por una pista blanca y cuadriculada o que se retuerce en espirales de ideas de lluvia. Los obstáculos, las piedras y las letras están para que me tropiece con la caligrafía de la senda. Busco el aliento en las hojas que ya recorrí. Las dudas saltan de rama en rama, surgen como un desafío óptico, un falso membrete repetitivo.

Descanso, en mitad del folio, a cielo abierto. No hay nadie en estas líneas. Las preguntas relevantes laten bajo mis pies como si allí abajo, donde está la tierra estuviese mi corazón. Me impulso. No hay garantías aunque los títulos nos acrediten, es la experiencia la que sujeta el papel. Tras la colina, una fuente sin agua junto a la última línea que completa el párrafo. Llegaré antes de la medianoche.

imagenpiepage

Tengo que andar mucho para escribir bien y escribir más para caminar mejor. Releeo el camino y la señal, faltan -107 hasta Pie de Página-. Así funciona la ley de la naturaleza; cuando no se tiene prisa se llega antes.

De nuevo el papel se ha dejado caminar y el camino escribir. Giro para contemplar mis huellas. Sí, tengo que querer que sea, para lo que deseo, querer que llegue:

107

palabras

hasta

Pie de página

.

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El estréscondite

El estréscondite es un juego a prueba de madurez o inmadurez (según valía). Consiste en conocerse para encontrarse a uno mismo, lo cual indica que uno previamente ha de estar perdido para poder jugar.

En el estréscondite nadie salvo tú mismo vendrá a salvarte, aquí no vale eso de “por mí y por todos mis compañeros” ya que corresponde a la versión infantil y este no es un juego de niños.

Estar más o menos perdido, mucho o poco no parece ser atenuante para encontrarse antes o después, más deprisa o más despacio. En este punto las reglas no hacen la más mínima mención al respecto. El agravante es que al no saberse uno mismo quién es, ese otro perdido nuestro le lleva a desconocerse de sí, o dicho de otro modo a ser un desconocido de él, lo que todos venimos reconociendo como no conocerse a sí mismo.

Los componentes

El juego se compone de un único jugador con un mapa mental circular que deberá o debería llevar doblado en su cabeza o en el corazón en vez de en el bolsillo. De este doblez dependerá el éxito y el desarrollo de su juego, en definitiva de su vida. Ni que decir tiene la importancia de sus capacidades y valores: optimismo, carisma, decisión, visión, responsabilidad y valor… entre otros, además de gratitud.

Por tanto, al estar obligado a jugársela con él y no con otros, el jugador es y será absolutamente responsable e irresponsable tanto de lo que hace cómo de lo que no hace. Si los otros en un momento dado te encontraran a ti antes que tú , la desmotivación tardaría poco en llegar, provocando en ti la ansiedad justa para toparte con tu ego (no es lo que buscas) antes que contigo mismo.

Además, puede darse la circunstancia de que el jugador se cruce con otros jugadores perdidos, lo que puede acarrear desencuentros y encuentros de confusión al no saberse ninguno de los dos quién es cuál. Si el que se está buscando o el que se está encontrando y que anda exactamente en la misma disyuntiva. ¿Eres tú mi yo o soy yo tu tú?

Las casillas

Aunque los jugadores no cuentan con GPS (ya quisieran), las reglas permiten caer en las denominadas casillas modo: gritos, eco y auxilio, pudiendo descargar ahí todo el estrés e ira que están soportando. Uno se puede llamar bien alto y esperar si se oye, aunque sea de manera tímida. De ser así, el jugador o jugadora deberá hacer alguna señal tipo silbido gomero u otro grito idéntico al que ha escuchado para saber la casilla en la que se encuentra su otro yo como él o ella, que desde allí está intentando ponerse en contacto con él mismo.

La manera de avanzar

El juego tiene miga, razón por la que no es Los Juegos del Hambre. El jugador o jugadora no podrá parar de contar hasta que se encuentre. Es indiferente que cuente hasta mil o hasta veinte mientras siga sin saberse o sabiéndose desconocido de sí, si es o no es él o ella el que se está buscando.

La forma de desplazarse es cuando menos agobiante. El jugador puede descansar pero no dormirse; hasta el último día de la vida todo es juego, lo cual complica la forma de ser de los jugadores y su arte de caminar y tropezar por el tablero de la vida.

Un problema típico y muy común es el poco o ningún caso que presta el jugador a su instinto (parece obvio dada su circunstancia), dejando delimitado en el mapa mental que porta toda su responsabilidad, que le irá guiando en sus equivocaciones y aciertos, sin tener en cuenta ni considerar la diferente realidad del territorio por el que transita y que le ha tocado vivir y sobrejugar o jugar y sobrevivir.

La suerte

No existe. Si el jugador se lanza pero no se reconoce en sí, ni en el extraviado ni en el que se descubre, es obvio que no ha de ser todavía ni él ni ella. Deberá pues no autoengañarse y seguir contando y jugando. No hay razón para ser otro en tu propia vida que no seas tú ni tendría sentido y menos coherencia. Y lo que es peor, jugar a buscarse a uno que no eres tú ni te pareces a ti y que desde luego no conoces de nada.

El comodín

Está de fortuna el jugador que se topa con él mismo y se acierta con su –– y con su –to– o mejor dicho, con su yo y con su tú. Él mismo se descubre con el que se buscaba pero que desconocía e ignoraba que llevaba guardada la misma pregunta y respuesta que él; el joker.

La recompensa

Gana la partida el jugador que consigue liberal a su yo extraviado del estrés, antes de alcanzar la casilla de la muerte (todos los juegos y las vidas tienen una casilla así), encontrando su propio corazón en el del otro, consiguiendo terminar y salir del juego habiendo cumplido el objetivo de saberse conocido de él y del que buscaba que también era él. Del ser y serse en cualquier circunstancia. Siendo él, tú y ti siempre y a la vez.

¿Te atreves a jugar?

Si tú no eres de los que están perdidos y te conoces bien y además te sientes atraído por los retos, puedes perderte unos metros nada más, de prueba, sé listo y no te vayas muy lejos y luego ya tranquilamente juegas a buscarte.

 

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Caminoenteritis

-¡Estoy tan asustado! Llevo meses vomitando estrellas, crecen flores en mis botas, árboles en los bolsillos de mis pantalones y para colmo el pasado se me retuerce en la boca del estómago. Además sueño con pájaros… ¿Qué tengo doctor?

– Necesita con urgencia una compostela. Empezará por lo básico: 100 kilómetros en 5 días. Padece usted Caminoenteritis. Cuando termine el tratamiento vuelva a visitarme, puede que necesite un especialista en podología. ¡Buen Camino!

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Lavando se entiende la gente

La ropa alegre aquí, dentro del tambor; programa batucada. Y la triste allí, para prelavar. Son ciclos que no se deben mezclar ya que se pueden desteñir los sentimientos. Si quieres decolorar la tristeza y el dolor puedes hacerlo, pero no los tiñas. Para quitar las manchas de la angustia; déjala en remojo el tiempo que quieras. Además, todas estas prendas: la amargura, la pesadumbre y la melancolía, han de ir directas a la secadora, para que salgan disminuidas y encogidas, y por supuesto secas. Olvídate de blanquear, eso es para los dientes. Una vez elegido bien el programa, el proceso ya está activado por lo que no tiene ningún sentido que nos quedemos mirando como dan vueltas las penas.

Por contra: el amor, la compasión y el afecto son tan delicados como el algodón, no debemos maltratarlos, sino cuidar su temperatura y el aclarado. El centrifugado suave y reducido. Se trata de que en este proceso no se separen las extraordinarias cualidades de estas prendas ni se estropeen, así siempre estarán intactas y limpias. Después, se tienden al sol, que junto al aire puro y fresco se encargarán de todo lo demás. ¿Comprendes ahora?

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Un trozo de O Cebreiro

Si el mundo no es de cartulina por qué la sierra de Os Ancares recorta mi perfil como el de una muñeca peregrina. Pronto O Cebreiro descubrirá mi corazón empedrado y mi alma con techo de centeno y forma de palloza.

Mis pensamientos han adquirido otro ritmo, más lentos que de costumbre pero más ordenados que nunca. Presiento un camino moldeado de izquierda a derecha y de abajo arriba. Ahora es cuando todo coincide y no antes. He decidido llevarme un trozo de O Cebreiro. Doblado y guardado en mi bolsillo. Mi mapa de recuerdos. Después de mi periplo hasta la Plaza del Obradoiro y el regreso a mi hogar, hoy he desdoblado el mapa por primera vez. Y allí estaba yo, sí, caminando por el mapa, caminando por el mismísimo Camino de Santiago. ¡Increíble!

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Kilómetros de palabras

2º Premio microrrelato mayo 2015

Cargada con mi mochila de interrogantes y títulos peregrinos subrayo el paso con el andar de unas letras.

Las cuestas me suben, los campos me bajan y sigo avanzando por los índices de los bosques. Llueve. Admiraciones de ‘Buen Camino’. Asteriscos de orvallo minúsculos y mayúsculos con algunos emoticonos de flores comillas de viento y más guiones.

En la noche se me cierra el sueño en la mochila y suprimo los andares. Pero es el saco el que duerme con los corchetes en los oídos.

Las etapas me escriben, me avanzan, se reinician los peregrinos. Las vacas se insertan en los prados y los castaños permanecen en pausa. Más albergues suspensivos y pazos sin control. Siguiente página de pasos. De fuente a hórreo o de hórreo a fuente las frases me llevan la corriente.

Y la catedral me alcanza entre calabazas eucaliptos y aldeas en conjunción, ¡si ya estoy en el punto de la plaza! Retrocede mi admiración, no sé si insertar la risa o suprimir el llanto pero descargo la emoción.

Entonces estampo el sello, comparto Obradoiro y antes de imprimir reinicio: en el recuerdo, la memoria y el corazón.