Y pasó el tren

Qué sé yo de todas las cosas y las estaciones que pasaron. Porque ni aquellas cosas ni los trenes ni los «luegos» ni las veces se detuvieron. Porque si acaso pasaba algo y de una sola vez, esa era la vida. Eso es. Y eso fue lo que pasó. Pasó hasta la vida.  Pero aquello no sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Porque los ojos no se abren así como así a pesar de que sí se cierran del mismo modo. Porque casi ningún ojo abierto ni ve ni mira, tan solo son los ojos cerrados de verdad indubitable los que sí se detienen un instante, y que este pareciendo enorme, es en realidad efímero y minúsculo. Ese, en el que sin dilación y de golpe se ven pasar todos los trenes e incluso todas las vidas.

Y pasó de nuevo el tren y otro con sus flores y sus playas y las hojas que no se habían caído decidieron hacerlo y se mudaron del árbol y hasta de jardín y de bosque. Y luego del otoño pasó otro tren más veloz y una estación de vías nevadas con farolas encendidas y cafeterías sin sillas. Porque al toque del silbato volvía a pasar otro tren y otro y otro y otro…

Y si contra todo pronóstico volviese a pasar un tren de cualquier estación y por ende una u otra vida, trataría de estacionar los ojos y rescatar la retina perdida. Tan es así, que en vez de quedarme pillada viendo pasar los trenes, quizás y por los pelos arrollaría la vida.

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