La casa encarnada

Estaba viva. Chispeaba. En la ciudad era una casa excepcional. Sus habitantes no entendían a los transeúntes que perdían el tiempo encendiéndose de envidia al momento de pasar junto a la fachada. Ellos solo eran inquilinos del amor. Arrendatarios del querer que cumplían con su compromiso vital; activa, enérgica, desenfrenada y apasionadamente.

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